La increíble historia del gazpacho

Carlos Carabaña

Sancho Panza, el escudero de don Quijote, logró su sueño y la promesa de su amo: ser gobernador de la Ínsula Barataria. Todo era una broma de un duque que mandaba en un pueblo, que acogía a la pareja para reírse un poquito de ellos durante una veintena de capítulos del segundo libro. Tras siete días, Sancho Panza decide que esa vida no es para él, cansado de los controles con los que se burlaba de él un médico por orden del duque. Entonces, el personaje dice una frase: “Más quiero hartarme de gazpachos, que estar sujeto a la miseria de un médico impertinente que me mata de hambre”. Si te has imaginado a Sancho bebiendo una rica sopa fría de tomate, piénsalo dos veces y mejor ponle color blanco al caldo.

El origen del gazpacho se sitúa, al parecer de los que estudian estas cosas, en Andalucía. El nombre, según la Real Academia de la Lengua, viene “quizá del árabe hisp. *gazpáčo, y este del griego γαζοφυλάκιον, cepillo de la iglesia, por alusión a la diversidad de su contenido, ya que en él se depositaban como limosna monedas, mendrugos y otros objetos”.

Se supone que los musulmanes que emigraron a la península Ibérica o la conquistaron tenían su propia versión de un gazpacho. Formado por ajo, miga de pan, almendras, agua, aceite de oliva, vinagre, pimiento y sal, es lo que ahora llamamos gazpacho blanco y, teniendo en cuenta que la ocupación va del 711 a la conquista de Granada y la llegada a América de Cristóbal Colón, los ingredientes del Nuevo Mundo como el pimiento y el tomate no estaban en la ecuación.

Con el tiempo y la llegada de más barcos de América, nuevos ingredientes se fueron incorporando a este plato, principalmente el tomate y el pimiento. Sebastián de Covarrubias, en el siglo XVII y en uno de sus libros, habla del gazpacho como “cierto género de migas que se hace con pan tostado y aceite y vinagre, y algunas otras cosas que se le mezclan, con que los polvorizan. Esta es comida de segadores y gente grosera”. Como, por ejemplo, Sancho Panza, para que un médico impertinente no le matase de hambre.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

COMPARTE

SUBIR