Por unas semillas locales y sin genes

Alberto García

¿Sabemos de dónde es cada verdura que comemos? ¿Y las plantas que adornan nuestra terraza? La globalización impone el flujo continuo. En ese movimiento internacional, a veces se pierde la esencia. Comemos papayas en Albacete o naranjas en Irlanda sin saber cómo han llegado hasta allí. Para algunos colectivos, el consumo local y sin modificaciones genéticas no es solo una forma de cuidar el medio ambiente sino que, además, genera un patrimonio inmaterial y gastronómico propio de cada rincón geográfico.

Por eso se crean reservas de simientes que articulan la producción propia y acuñan denominaciones de origen a variedades de frutas y hortalizas autóctonas. Una iniciativa de este tipo es Intermediae, el banco de intercambio de Madrid, gestionado por el Matadero y el centro de trabajo MediaLab. “Se creó hace tres años para aprender a reconocer semillas de todo tipo. Es una iniciativa que se sirve para ampliar la variedad de especies y compartir lo que se sabe de ellas. No se compran ni se venden, sino que se intercambian, se plantan y se ve cómo van evolucionando. Y no pueden estar modificadas genéticamente, tienen que ser ecológicas”, explicaba la bióloga Alina Noé, una de las seis trabajadoras de la cooperativa, a la revista Ecoavant.

En este banco, los participantes acuden en las fechas señaladas y rellenan una ficha donde detallan lo que va a aportar o a recoger. Las variedades seleccionadas quedan registradas, así como los donantes. Se plantan en unos semilleros y después se trasladan al huerto de 8,5 hectáreas que Ecosecha tiene en Rivas-Vaciamadrid, un municipio de unos 80.000 habitantes situado al sureste de la capital. “El proyecto ha surgido como una actividad de formación. En el banco de semillas, la gente se junta, intercambia y retorna”, aducía Noé.

“Al estar etiquetadas y en un lugar concreto de nuestro huerto, el interesado puede acercarse cuando lo desee e ir viendo la evolución de las diferentes variedades en el semillero”, señalaba. Funciona de forma parecida la Asociación La Troje, que desde hace años impulsa este tipo de acciones en la sierra norte madrileña. Este grupo heterogéneo de agricultores, educadores e ingenieros selecciona variedades autóctonas y hace suyo el “saber tradicional” de los agricultores de la zona para cultivar, conservar y difundir los conocimientos sobre la diversidad de semillas de la región.

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Con una “conciencia ambiental” al producir semilla, plantel y verdura de variedades locales, hacen viable “la actividad agraria” y crean y fortalecen “redes sociales de apoyo en diferentes ámbitos”, sostienen en su web. “Queremos generar una economía local, fomentando la comercialización conjunta entre productores locales a través de circuitos cortos y manteniendo una relación directa con las personas consumidoras. Con esta dinamización se consigue un intercambio económico justo que permite activar la economía rural desde el sector primario”, arguyen.

El Instituto Madrileño de Investigación y Desarrollo Rural, Agrario y Alimentario (Imidra), organismo oficial creado en 1997, tiene ya catalogadas 167 variedades de semillas autóctonas que podrían llegar a la extinción sin el empeño de estas agrupaciones. Aunque mucha gente lo desconoce, en esta comunidad autónoma densamente urbanizada existe una variedad propia de ajo (el de Chinchón), otra de acelgas (en Fuenlabrada) o una de melón (los famosos melones de Villaconejos).

Los objetivos de estas corrientes son, tal y como exponen en la página web de Matadero, “descentralizar el control de la semilla” y “poner en cuestión los modelos de gestión que generamos o de los que formamos parte en la cultura y en la vida presente”. Su función, insisten, es reunir a “productores, aficionados a la horticultura y todo aquel interesado en formar parte de una red social en torno a criterios ecológicos y sostenibles” para construir “una metáfora de la necesidad de transformación en la sociedad actual”.

“No queríamos tener ‘semillas propietarias’, es decir, compradas a empresas que hacen de ellas un negocio”, manifiesta Javier Pérez, encargado principal del Banco de Intercambio de Semillas de Ecosecha. “Al ser productores ecológicos, no podemos compartirlas ni nos las puede proporcionar nuestro vecino si queremos que la cosecha lleve el sello verde de agricultura ecológica de la Unión Europea. Gracias al intercambio, los que empiezan ahora lo tienen más fácil que nosotros”.

Más allá de estas iniciativas locales, existe un centro que atesora las semillas de gran parte del mundo. Se trata de la Bóveda Global de Semillas de Svalbard, en Noruega. Fue construida a prueba de todo tipo de inclemencias climatológicas en Svalbard, archipiélago del océano glacial Ártico perteneciente a este país, como una enorme despensa de las simientes internacionales. Abierta en 2008, esta instalación tiene el objetivo de “proteger la alimentación mundial y evitar la pérdida de diversidad agrícola”. Difícil y necesaria meta no solo para que sepamos de dónde viene cada una de las cosas que ponemos en el plato sino para que no dejen de llegar. Mejor, si lo hacen desde un lugar cercano y sin modificar: así cuidaremos el medio ambiente y el patrimonio único de cada pedazo de tierra.

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