Las huellas de un pionero ecologista

Carlos Carabaña

Fue en septiembre, en el año 1992. Tenía 73 años y acababa de salir del edificio de la fundación que lleva su nombre, la César Manrique, en su Lanzarote natal. Volvía a su casa cuando un Jeep que salía de un cruce golpeó su coche, un Jaguar. Atrapado entre los hierros, así acababa la vida del pintor, escultor y arquitecto que talló la isla canaria y, pese a su vehículo, pionero del ecologismo español.

Nacido en 1919 en Arrecife, al este de Lanzarote, en una familia clasemediera, pronto destaca por su capacidad para el arte, específicamente el dibujo, admirando por encima de todo a los vanguardistas Picasso, Matisse y Braque. La Guerra Civil le pilla con 17 años y se alista en el bando franquista. Según su biografía oficial, cuando vuelve a casa tres años después, se quita el uniforme y lo quema en la azotea de su casa.

Luego siguió el camino del artista. Estudió dos años en La Laguna antes de mudarse a Madrid, donde asistió a la Academia de San Fernando para estudiar Bellas Artes. Allí conoció a Pepi Gómez, con la que se casaría, y a artistas como Francisco Echauz, Francisco Farreras o José María de Labra. Realizó varias exposiciones, participando en la mítica primera que se realizó en la galería Clan de Madrid de 1954.

En 1963, le llega un duro golpe. Pepi muere y él queda destrozado. Por recomendación de su terapeuta, busca un cambio de aires y se muda a Nueva York durante dos años. Allí vivió la vida bohemia latinoamericana. Logró una beca de una fundación, pintó grandes cuadros y se acostó por primera vez con un hombre. Pero, lo que marcaría el resto de su carrera, fue la morriña: se dio cuenta de que echaba mucho de menos su Lanzarote.

“Hay una imperiosa necesidad de volver a la tierra. Palparla, olerla. Esto es lo que siento”, dejó escrito, “cuando regresé de New York, vine con la intención de convertir mi isla natal en uno de los lugares más hermosos del planeta, dadas las infinitas posibilidades que Lanzarote ofrecía”.

Eran mediados de los años 60, la época del desarrollismo turístico en España y las primeras grandes obras de intervención que Manrique realiza son los Jameos del Agua y el Taro de Tahíche. La primera, acabada en 1968, es realizada dentro de un jameo, un tubo volcánico generado por el flujo de la lava. Manrique interviene arquitectónicamente para crear lo que muchos consideran la base de su trabajo: el abrazo entre la naturaleza y el ser humano. A su ideario estético lo autodenominó arte-naturaleza/naturaleza-arte y fue uno de los mayores exponentes de arte público en España.

Su gran alianza fue con el arquitecto Fernando Higueras, al que conoció de casualidad mientras compraba unos lienzos en Madrid y con el que viajó por Lanzarote en 1962. Tras volver a su isla, la colaboración entre los dos artistas arranca en 1973, con el Mirador del Río, excavado en un acantilado. Durante esa década y los 80 ambos artistas seguirían trabajando juntos. Manrique, que no era arquitecto, daba su opinión en base a intuiciones.

Sus obras son intervenciones en las que crea miradores, jardines, acondicionamientos de espacios degradados, reformas de litorales… y en las que hizo dialogar a la arquitectura más moderna con la tradicional. Así, están el Lago de la Costa de Martiánez, el Mirador de La Peña, el Jardín de Cactus, la Playa Jardín… Un ejemplo fuera de Canarias es el Centro Comercial La Vaguada, en Madrid, primer gran centro comercial de la capital donde Manrique integró zonas de descanso con cascadas y fuentes y entrada de luz natural desde el techo hasta el interior del edificio.

El escritor portugués José Saramago, que se mudó a Lanzarote en 1991, hablaba de César Manrique como “el hombre que rescató Lanzarote de la agresión de los grandes abandonos, recuperando, para la mirada de quien sepa ver, lo que de más bello hay en la bella seca isla […] que legó un cierto modo de vivir, que trató a la naturaleza con el cuidado de quien mueve un cuerpo vulnerable y venerable”.El documental Taro – El Eco de Manrique, es una muestra de esa personalidad que le llevó a ganar en 1978 el Premio Mundial de Ecología y Turismo. La isla de Lanzarote no puede entenderse sin su mano y, aunque tenía muchos enemigos que criticaban su férreo control del imaginario estético de la isla, lo cierto es que sin él, Lanzarote no sería lo mismo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

COMPARTE

SUBIR