Conquistar la huerta para alimentar al barrio

Jorge G. Palomo

Están convencidos de lo que hacen. Su proyecto, Cabanyal Horta, ha cumplido más de un año. Y siguen sumando fuerzas, invirtiendo dinero para cumplir sus ideales. Quieren “concienciar, educar y cuidar el entorno fomentando el concepto de permacultura y agroecología como un estilo de vida alternativo y sostenible para el barrio”, recalcan desde su web. Han logrado recuperar un enorme terreno público abandonado a su suerte en El Cabanyal, todo un emblema de Valencia. El objetivo es revitalizar este entorno degradado mediante la plantación de un huerto urbano cada vez mayor, más completo y con visos de ser un foro comunitario de experiencias, talleres e intercambio de conocimientos. Abierto a la gente, por supuesto. Porque este entramado de calles, según afirman sus inquilinos, vuelve a la vida poco a poco “para que disfruten los vecinos”. A lo largo de la jornada en Cabanyal Horta fueron varias las personas que se acercaron al lugar.

Los artífices de esta aventura cotidiana son Silvia Sánchez y Chus Pagán, pareja de 33 y 39 años, respectivamente, y César Pérez, de 52 años. Su esfuerzo es notable, sin un respaldo oficial ni ayuda de las instituciones. Al menos, hasta el momento. Eso sí, aparte del apoyo incondicional de casi un centenar de personas, su trabajo ha recibido un premio: el reconocimiento de la Universidad de Valencia, que les concedió 2.500 euros hace unos meses. ¿Quién dijo que regar suele dar sus frutos? Lo que está claro es que surgen muchas trabas por el camino. Sin duda.

Resistencia y cooperación

A nadie extraña que algunas historias de este estilo, más o menos significativas, se queden fuera de juego. En medio de la parcela, en un edificio destartalado y en desuso, una pared muestra un grafiti revelador: “Cabanyal resiste”. Precisamente, de eso se trata: de resistir frente a la desidia histórica que ha mantenido la administración con este barrio valenciano.

Así lo entienden quienes pasean por estos jardines aún agrestes. Son soñadores que se negaron a caer en las redes de la especulación inmobiliaria. Y nunca mejor dicho, ya que estamos en zona de pescadores, cerca del mar.

La Malvarrosa brilla al fondo y recibe a miles de turistas mientras el Cabanyal, que tiene casi 21.000 habitantes de los 790.000 de Valencia, parece relegado a un segundo término. No en vano en 2001 salió adelante un plan que pretendía derribar 1.600 casas para prolongar hasta la playa una avenida muy importante. No lo consiguieron. En 2010, el Ministerio de Cultura frenó la intentona. El Cabanyal, declarado Bien de Interés Cultural, hizo caso al grafiti del muro. El que se ve desde este huerto urbano. Una historia particular de lucha vecinal, cooperación altruista y amor por la naturaleza.

Los huertos urbanos son una realidad cada vez más presente en algunas ciudades españolas. Pero no es fácil desarrollarlos. Por ejemplo, para que la siembra fuese posible, en este solar tuvieron que quitar unas diez toneladas de escombros y basuras. Allanaron el descampado, buscaron un pozo y, sí, hoy lucen como soles algunas frutas y verduras. Modestamente, a su ritmo, van consiguiendo resultados. Pero esta motivación ecológica inicial desea generar un espacio educativo e integrador, que es, quizá, la otra esencia del proyecto.

Conquistar la huerta para alimentar al barrio. Esa es la cuestión.

Actúa local, piensa global

El acceso más protocolario a Cabanyal Horta se realiza desde la Avenida Mediterráneo, a través de un edificio con una avejentada fachada de azulejos descoloridos que data de 1919 y guarda el encanto añejo de lo que fue una vivienda de pescadores. Lo llaman La Casa del Oso y, en el interior, nada más entrar, hay mesas, una cocina, un baño y un amplio sofá. En el segundo piso, una especie de taller. Es el refugio para programar actividades culturales, jornadas de agricultura, proyecciones de cine y cursillos de todo tipo (compostaje, asignaturas escolares, cultivo colectivo e incluso filosofía).

De nuevo, no sólo abogan por un mundo más sostenible desde el ámbito local, sino por recuperar un terreno desperdiciado, que sirva de punto de encuentro para reflexionar comunitariamente. El ingeniero agrónomo valenciano Julio García Camarero se ha volcado con esta humilde apuesta. Experto en materia económica, autor de varios libros, defiende el consumo responsable y la importancia del reciclaje para el medio ambiente. “En Cabanyal Horta el consumo de bienes nuevos es nulo, la contaminación indetectable y se está aprovechando un espacio público”. Mejor ver lechugas y tomates que un tramo de hormigón o un estercolero.

El Clot que es como llaman a este agujero en proceso de rehabilitación es de todos, dicen. Que cada cual plante y plantee lo que quiera. Hay zonas de juegos infantiles para que las familias acudan con relativa normalidad y algunos colegios se han interesado por el periplo de este colectivo.
¿Cuántos niños de hoy en día saben los secretos de un huerto? Quizá mirando las raíces de una planta que solo conocían por el envase del supermercado aprendan a valorar más las cosas. Y a consumir con más cabeza. Ellos y todos nosotros. Quién sabe: igual gracias a iniciativas aisladas como esta se activa la vida de los barrios. La tradición, los oficios, el respeto por la naturaleza, la camaradería, esa poesía de verso libre que nace en el extrarradio de las ciudades. Porque hay pintadas que nunca se borran.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

COMPARTE

SUBIR