Aprendes de lo que te emociona

Jorge García Palomo

Uno de los grandes retos de nuestra época es mejorar la educación. Adaptarla a las necesidades de los estudiantes de hoy. Existe un bum generalizado –quizá sin precedentes– a favor de la innovación pedagógica. La escuela española, como aquellos tiempos de Bob Dylan, está cambiando. Y, entre otras herramientas, la neurociencia cognitiva –esto que suena tan rimbombante– parece que ha llegado al aula para quedarse. A través del estudio de las distintas áreas del cerebro, los expertos en la materia subrayan que lo que de verdad se aprende –cala mejor en nosotros– es aquello que nos genera una emoción, que nos interesa. Aquello que amamos de alguna manera. Y este enunciado tan sencillo como riguroso zarandea la escuela actual. La del siglo XXI. La de las generaciones del futuro.

Sin un reglamento académico como tal, la neuroeducación escudriña cómo funciona nuestra sesera en contextos psicológicos, científicos y didácticos. “Es algo relativamente simple: sacar ventaja de cómo funciona el cerebro para aplicarlo a la enseñanza. Aprender, memorizar e interaccionar en el mundo depende enteramente de nuestro cerebro”, resumía en un programa televisivo uno de los gurús de esta disciplina, Francisco Mora, doctor en Medicina y en Neurociencias y autor de un libro de referencia e inequívoco título: Neuroeducación (Alianza Editorial).

En sus páginas explica la trascendencia de aptitudes como la empatía, la curiosidad, el altruismo, la colaboración, los procesos de atención, el aprendizaje y la memoria, los ritmos circadianos y un amplio universo conceptual que desestabiliza los cimientos tradicionales de la docencia. Porque la investigación científica ratifica que las cosas que nos emocionan nos marcan más, sin duda. Nos atrapa lo diferente. Lo que rompe la monotonía. Son códigos del cerebro que van variando a lo largo de la vida y que en la etapa escolar pueden optimizar la misión del docente y el rendimiento de los alumnos, que pasarán más de una década en el aula. Por lo menos.

Francisco Mora destaca en el prólogo de su laureada obra que “el interés por conocer y crear puentes de entendimiento entre la neurociencia y la educación ha ido aumentando de forma acelerada en los últimos años”. El también catedrático de Fisiología Humana por la Universidad Complutense de Madrid apunta que la investigación del cerebro permite confeccionar nuevas técnicas para reforzar el desarrollo de los niños y recuerda que actualmente se valoran factores otrora impensables como “la importancia que tiene proyectar mejores escuelas, con mucha luz, control de la temperatura y el ruido; es decir, el diseño del colegio mismo (neuroarquitectura), lo que rodea su entorno y, desde luego, la cultura”. Sí, como cantaba Dylan, los tiempos están cambiando.

Los maestros, héroes cotidianos

¿Cómo consigues captar la atención y el interés de los alumnos? ¿Diciéndoles basta? “¡Atención todos!” Normalmente, este sería un camino con poco recorrido. Según el profesor Mora, las clases deben incluir elementos provocadores, momentos chocantes, disruptivos, que salgan de la cotidianidad más gris. No es suficiente con pedir silencio y concentración. La neurociencia considera más útil la recompensa que el castigo. Lo extraño, lo novedoso y llamativo capta nuestra atención. Y para aprender se necesita un estímulo inicial que despierte la curiosidad. “Precisamente el juego es en los primeros años la conducta que desarrolla el niño para aprender a través de la curiosidad”, señala. Y “jugar es un medio, una excusa a través de la cual se aprende, porque cada percepción, seguida de un acto motor, es siempre nueva, sobresale de la anterior y refuerza así la curiosidad”.

Como indica en la portada, “solo se puede aprender aquello que se ama”. Así sucede, alegan los sabios, desde hace más de 200 millones de años. En la emoción reside la clave porque el cerebro humano no ha variado –ojo al dato– en los últimos 15.000 años, de modo que un chaval del Paleolítico podría acudir a un colegio hoy mismo y, a priori, nadie lo notaría. “Porque el cerebro es el mismo, el genoma es el mismo. Lo importante es darnos cuenta del poder que tiene nuestra capacidad de enseñar, instruir y educar para transformar constantemente lo que somos como personas y como sociedad”, afirmaba Francisco Mora en unas jornadas sobre innovación del grupo GSD Educación. “No hay razón sin emoción. La regla de oro en neurociencia: la curiosidad. Hagamos que lo que contemos sea tan interesante que capte la atención de quien te escucha. Eso es trascendente porque sin atención no es posible abrir esa ventana a la maquinaria de aprender, memorizar y crear conocimiento. Por tanto, hagamos que sea automático; y se puede hacer de cien mil formas”, proclama. La figura del maestro, TICs o no mediante, siempre será la joya de la corona de un país.

Atención: ¡despertemos la atención!

La enseñanza no existe sin la intermediación de un ser humano. Y ese ser humano debe sentir pasión por lo que hace. Francisco Mora comenta a menudo una anécdota sobre un curso sobre neurociencia que preparó para Harvard. Le exigieron que hablara solo diez minutos. Insólito. Entonces, empezó a ahondar en la razón de este lapso temporal y vio que era muy eficiente, dado que la atención al cien por cien, la atención plena, solo se mantiene entre diez y veinte minutos. Y, por tanto, brinda un aprendizaje eficaz, más memoria y conocimiento garantizado.

En otras palabras, son más productivas para nuestro cerebro cincuenta sesiones de diez minutos que diez sesiones de cincuenta. De ahí que un buen rendimiento mental, según la neurociencia, contraste con las sempiternas clases de casi una hora de ocho de la mañana a dos de la tarde. ¿Modificamos de golpe la agenda habitual del colegio? Una idea más realista es que, paso a paso y en la medida de lo posible, cada 15 minutos el docente sepa reavivar la llamarada de la atención con elementos creativos: un vídeo, una historia curiosa, diferentes ritmos, interpelaciones… En fin, una proeza diaria. Un reto constante que tiene en jaque a la comunidad educativa. Y en este panorama incierto, la neurociencia se ha unido como motor de innovación para conseguir, junto con otros recursos pedagógicos, adaptarse a unos tiempos que en la educación, definitivamente, están cambiando.

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