La ciudad sin dinero (ni gobierno, ni religión)

Alberto García

Para algunos, la utopía existe. Y no es ese lugar teórico que ideó Tomás Moro en el siglo XVI sino una ciudad registrada de India. Tampoco fue construida en el siglo XVI bajo los preceptos del pensador inglés, que proponía abolir la propiedad privada e impulsar el hedonismo ético. Es un rincón en el estado de Tamil Nadu, en la esquina sur de la India. Y fue planificado por Mirra Alfassa, una mujer bohemia de París (aunque con ascendencia árabe) a la que todo el mundo pasaría a llamar “La madre” cuando se hizo pareja del maestro de yoga Sri Aurobindo. En 1954, esta adoradora de la Tierra en su sentido más místico se propuso crear lo que definió como “un sueño”. Lo logró: en homenaje a su compañero, fundó Auroville en 1968 bajo el amparo de la Unesco. Una población libre de dinero, gobierno, religión o sistema de castas que aún sigue funcionando después de su muerte, en 1973.   

“Debería haber en la Tierra un lugar que ninguna nación pudiese reclamar como suyo; donde todo ser humano de buena voluntad que tuviera una aspiración sincera pudiera vivir libre como ciudadano del mundo obedeciendo a una sola autoridad, la de la suprema verdad. Un lugar de paz, de concordia y de armonía donde todo instinto de lucha en el hombre fuera usado exclusivamente para vencer la causa de sus sufrimientos y sus miserias, para superar sus debilidades y su ignorancia, y para triunfar sobre sus limitaciones y sus incapacidades; un lugar donde las necesidades del espíritu y el interés de progreso prevalecieran sobre la satisfacción de los deseos y las pasiones o la búsqueda de placeres y el goce material”, escribió en su momento La madre.

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A día de hoy, medio siglo después de su inauguración, esta tierra del extremo sur de la India y a pies del Índico sigue funcionando casi como al principio. Salvando los cambios inherentes al paso de los años, a Auroville —a 150 kilómetros de Chennai, antiguamente llamada Madrás, y capital de una provincia de 63 millones de habitantes— se la conoce aún como “la ciudad del Amanecer” o “la mayor utopía espiritual del mundo”. Sus vecinos, llegados de todos los rincones del globo, rechazan acumular dinero y caer en la tentación de acumular bienes o corromperse. La Corte Suprema del gobierno indio la definió hace décadas como “un reflejo de los mayores ideales y aspiraciones indias” y cada año destina 200.000 dólares (175.930 euros) a mantener sus infraestructuras. La vida en el lugar se basa en el trueque y en la agricultura ecológica para “ser un modelo de ecociudad en un futuro sostenible”, según explican en su web, a la que nos conducen sus responsables por correo electrónico.

“Cuando se fundó Auroville en 1968, la regeneración medioambiental fue la tarea más importante que emprendieron sus pioneros, pues la tierra escogida para construir la ciudad estaba severamente erosionada por la tala indiscriminada de los últimos 200 años”, informan Alfonso Galiana e Itxaso Recondo, portavoces de la página española de Auroville. “Se construyeron diques en los barrancos y cercados de tierra en los campos para evitar la erosión y regenerar la capa freática aprovechando el monzón. En esta fase se realizó un inmenso trabajo de reforestación con especies resistentes que podían captar la humedad nocturna, y de protección y cuidado de los árboles jóvenes con riego manual”, añaden. “Simultáneamente se llevó a cabo un programa de regeneración del suelo con abonos naturales. Hoy, con la plantación de cerca de dos millones de árboles, Auroville ha transformado la meseta semidesértica primigenia en un frondoso bosque tropical y su ejemplo se extiende a unas 100 aldeas de su área de influencia, unos 700 kilómetros cuadrados”.

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La mayor preocupación de esta población es, de hecho, el medio ambiente. Viven de él y es la principal fuente de trabajo y alimentación para las cerca de 2.500 personas que residen de forma fija. ¿La clave para cuidarlo? Preocuparse, sobre todo, por la deforestación y la conservación de la biodiversidad autóctona. Dos centros —llamados Shakti y Pitchandikulam— protegen más de 100 hectáreas de selva tropical. Dentro se trata, se almacena y se recicla el agua gracias a estanques y fuentes. También se distribuyen semillas de más de 400 especies de plantas autóctonas para plantar en los 400 jardines de la urbe y se imparten talleres para el conocimiento y el cuidado de la naturaleza. El biogás es la fuente de energía para uso doméstico. Y la electricidad se consigue mediante placas solares o instalaciones eólicas. El cinturón verde que la rodea la ciudad, además de marcar sus límites, contrarresta las escasas emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera.

Cada amanecer se distribuyen, de forma voluntaria, las tareas: cocina, huerta, construcción… “A las seis de la mañana suena un ‘gong’ y nos dividimos las tareas”, señalaba Pau, un visitante, en el documental City of Dawn. “Tienes que dejar el mundo exterior y descubrir un espíritu nuevo. Entrar de verdad en ti mismo, profundamente, y trabajar en ti. Para mí, este lugar es un laboratorio en el que te metes de blanco y al poco tiempo quizás te descubres de color amarillo o naranja. De hecho, no sé exactamente lo que es Auroville. Intento entenderlo con mi corazón. Explicarlo es muy difícil. La gente viene y pregunta ‘¿Esto es una ciudad?’, ‘¿Dónde está el centro comercial?’ Y yo les digo: ‘Mira, mejor vete a Bangalore o Madrás. Esto es otra cosa'”, exponía una de sus compañeras.

“Auroville está comprometida con la búsqueda y puesta en práctica de las necesidades medioambientales, sociales, culturales y espirituales de la humanidad del futuro”, resumen desde el departamento de comunicación. Una explicación que concuerda con la idea original de Mirra Alfassa, La madre, aunque a muchos les cueste entender en qué consiste realmente esta ciudad sin dinero, gobierno o religión. Una ciudad libre que se puede buscar sin complicaciones en cualquier dispositivo y a la que cada uno puede acercarse como buen “ciudadano del mundo”. Y reclamarla suya, obedeciendo —eso sí— a la autoridad de “la suprema verdad”.

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