La conquista de la felicidad

Jorge G. Palomo

 

“Lo que a mí me parece el rasgo más universal y distintivo de las personas felices es el entusiasmo”, proclama el maestro. “El secreto de la felicidad es este: que tus intereses sean lo más amplios posible y que tus reacciones a las cosas y personas que te interesan sean, en la medida de lo posible, amistosas y no hostiles”. Palabras de Bertrand Russell, uno de los grandes filósofos de la historia moderna, matemático y profesor universitario. Son reflexiones de plena vigencia y, sin embargo, datan del año –atención– 1930, fecha en la que se publicó su delicioso libro La conquista de la felicidad.

 

En pleno boom de los títulos de autoayuda y psicología del optimismo contumaz, resulta chocante que este clásico –brillante, por otra parte– todavía aturda como un balonazo en un cristal. ¡Casi un siglo después! “No encontrarán en las páginas que siguen ni filosofías profundas ni erudición profunda. Tan solo me he propuesto reunir algunos comentarios inspirados, confío yo, por el sentido común”, apunta con humildad. Pero, con permiso, quien fuera Premio Nobel de Literatura en 1950 se equivoca. Aquí hay materia gris para detener –y con una sonrisa– el expreso de medianoche. Primer latigazo al mundo occidental: “Es la preocupación por las posesiones, más que ninguna otra cosa, lo que evita que el hombre viva noble y libremente”. ¿A que da en el clavo?

 

by Bassano, vintage print, 1936

Si quieres y te esfuerzas, serás feliz

Retomemos algún rasgo del autor. Paradójicamente, huérfano desde los 6 años, Bertrand Russell pasó la mitad de su existencia con cierta apatía y tristeza e incluso confesó alguna episódica tendencia al suicidio. Pero renació de sus cenizas y, aparte de brindar una obra sobresaliente para lectores y pensadores irredentos, consiguió encontrar, como diría la mitología de Monty Python, el lado positivo de la vida. Superó sus baches y convirtió esta peculiar conquista de la felicidad en un concepto potencialmente universal. Un canto a la necesidad de relativizar todo, ya que “nadie debería creerse perfecto ni preocuparse demasiado por el hecho de no serlo”. Un alegato que invita a esquivar el egocentrismo generalizado. “No hay nada tan aburrido como estar encerrado en uno mismo ni nada tan regocijante como tener la atención y la energía dirigidas hacia fuera”.

 

Sí, en serio, está escrito en 1930, “partiendo de la convicción de que muchas personas que son desdichadas podrían llegar a ser felices si hacen un esfuerzo bien dirigido”, afirma. Y, con su tono inconfundible, como si fuese una misiva a un amigo de confianza, Russell expresa sus observaciones y las enmarca en dos apartados muy nítidos: “Causas de la infelicidad” y “Causas de la felicidad”. El objetivo es que, al final de la partida, podamos parafrasear al portentoso ensayista: “Cuando llegue la hora de mi muerte, no sentiré haber vivido en vano. Habré visto los crepúsculos rojos de la tarde, el rocío de la mañana y la nieve brillando bajo los rayos del sol universal”.

 

¿Qué hace desgraciada a la gente?

 

Los seres humanos, como los animales, quizá tendríamos que ser felices mientras dispongamos de buena salud y alimentos. Pero no es tan fácil. “Si usted es feliz, pregúntese cuántos de sus amigos lo son”, plantea el filósofo. “Aunque de tipos diferentes, encontrará usted infelicidad por todas partes”. Ansiedad, estrés, desconsideraciones al prójimo, imposibilidad de divertirse… A nuestro alrededor muchas veces observamos claramente que urge un cambio de actitud en nuestras sociedades. “El que tiene todo lo que desea sigue siendo infeliz. Se olvida de que una parte indispensable de la felicidad es carecer de algunas cosas que se desean”, sostiene. Y, de nuevo, pega otro latigazo en las primeras páginas: “El hábito de mirar el futuro y pensar que todo el sentido del presente está en lo que vendrá después es un hábito pernicioso”. Russell explica cómo la fatiga, la competencia, la opinión pública, la envidia o el sentimiento de culpa generan una inmensa insatisfacción. Entonces, ofrece una clave para redimirnos: la pasión. “Cualquier cosa que haya que hacer, solo se podrá hacer correctamente con ayuda de cierto entusiasmo, y es difícil tener entusiasmo sin algún motivo personal”, afirma.

 

¿Es todavía posible la felicidad?

 

Sí, por supuesto. “La felicidad básica depende sobre todo de lo que podríamos llamar un interés amistoso por las personas y las cosas”, medita. Cariño, amor, conocimiento, familia, trabajo, esfuerzo, resignación, inquietudes, cooperación… Desde luego que este libro nos permitirá mejorar como personas, nos obligará a tener un cuaderno a mano, a desarrollar la virtud del entusiasmo e incluso nos arrancará una sonrisa irónica con sentencias como esta: “Gran parte de las dificultades por las que atraviesa el mundo se deben a que los ignorantes están completamente seguros y los inteligentes llenos de dudas”. Sí, se publicó en 1930. Y no vamos a destriparlo más. Mejor, ¿qué tal si intentamos ponernos las pilas, que ya es hora, para esta conquista universal?

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