Por una ciudad habitable

Alberto García

Como definición oficial de diccionario, ciudad es un “conjunto de edificios y calles, regidos por un ayuntamiento, cuya población densa y numerosa se dedica por lo común a actividades no agrícolas”. La Real Academia de la Lengua trata de sintetizar en un par de líneas lo que supone un espacio con una gran cantidad de personas y con unas sinergias que se alejan del método científico. En un entorno humano, el dos y dos no tiene por qué ser cuatro. Hay formas de calcular la suma y de acercarse a un resultado, pero las variables posibles transforman la lógica matemática.

Decía en ese sentido la divulgadora y teórica del urbanismo Jane Jacobs que “cuando tratamos con las ciudades tratamos con la vida en toda su complejidad e intensidad. Y como esto es así, hay una limitación estética en lo que puede hacerse con las ciudades: una ciudad no puede ser una obra de arte”. Se refería en 1961– a dos fenómenos imperantes a la hora de organizar algo así: las ganas de hacer algo bonito sin pensar su función práctica y la de hacer algo funcional sin conocer las costumbres o la idiosincrasia del lugar.

Lo estamos viendo claro en los últimos tiempos: construcciones megalómanas sin uso, arquitectura hostil contra los ciudadanos, protestas a favor y contra el coche, etcétera. La reedición de El derecho a la ciudad, del filósofo francés Henri Lefebvre, pone de manifiesto la necesidad de pensar un espacio urbano positivo, donde los seres humanos congenien entre sí, dialoguen con los edificios, se favorezca la conciliación de trabajo y ocio. Una ciudad habitable, en definitiva.

Desde la peatonalización del núcleo histórico hasta el impulso de la vida en barrios. Levantar una ciudad no es solo repartir edificios sin ton ni son o colocar parques y hospitales según el número de habitantes: es también pensar en lo que vendrá mejor para un avance social comunitario. Según Lefebvre, todo comenzó con la revolución industrial, en el siglo XVIII. Entonces nació la expresión tejido urbano: se estableció un centro de ocio y una periferia productiva, resumiendo mucho sus teorías. Lo que cuenta, vayamos al grano, es alimentar un ecosistema sano. Y eso, aparte del discurso político o religioso de Lefebvre, implica resolver la lucha entre la zona de servicios, la industrial o la habitacional.

Implica, en suma, hacer una mezcla equilibrada de todos los factores para que sea algo sostenible. Si no es así, pasa lo que hemos visto en tantos ejemplos actuales de descompensación: ciudades fantasmas costeras que solo se llenan en verano, enseñas como Detroit arrasadas por el desempleo, espacios futuristas como Dubái que segregan a una población entre los edificios punteros y los suburbios precarios. Y es difícil pensar en algo a medio plazo, viendo la velocidad a la que se mueve el mundo en la actualidad, con agentes impensados hace unos días que hoy son de uso común (como que ir al trabajo ya sea cuestión de reservar un medio de transporte por el móvil o cenar dependa de un repartidor sobre dos ruedas).

“La mayor parte de nuestras proyecciones de la ciudad del futuro giran alrededor de una innovación tecnológica que no cesa de asombrarnos e inquietarnos. Sin embargo, la mayor parte de los conflictos urbanos de los próximos 25 años no dependerán tanto de estas invenciones como de la relación de fuerzas sociales entre los grupos que las utilicen”, señalaba el sociólogo Daniel Sorando en un artículo reciente. “En un escenario de creciente robotización, la amenaza consiste en que los beneficios de la innovación tecnológica no sean distribuidos, sino privatizados por unas élites cada vez más excluyentes que acaparan los recursos naturales y sociales del planeta. En un contexto de agotamiento de los recursos naturales y aumento de la población con necesidades de cuidados, el mantenimiento de los niveles de vida de estas élites solo podrá lograrse en base a agresivas dinámicas de expulsión”, apunta.

Conseguir que cese ese movimiento del centro a la periferia (y viceversa) para trabajar o vivir se hace fundamental en una época marcada por la falta de recursos y la contaminación atmosférica. También para la mencionada cohesión social. “Frente a la individualización a la que conduce la mercantilización de la vida, y cuya expresión más acabada son las urbanizaciones cerradas de los ganadores en este modelo, es precisa una alianza social entre el resto de grupos urbanos”, aventuraba la activista estadounidense Nancy Fraser.

No basta con fomentar una rutina que conecte trabajo, ocio y relaciones personales. Ni evolucionar hacia transportes más ecológicos o hacia bancos sin pinchos y parques sin fuentes. Ese “conjunto de edificios y calles” del que hablábamos al principio merece una revisión continua. De esta manera lo dicta Lefebvre: “La reflexión teórica se ve obligada a redefinir las formas, funciones y estructuras de la ciudad (económicas, políticas, culturales, etc.), así como las necesidades sociales inherentes a la sociedad urbana”. El derecho a la ciudad al que alude su título es un derecho “a la vida urbana” que favorezca un estado justo, que produzca energías de encuentro y creación. Sin lo que algunos denominan “hipertrofia urbanizadora” y con servicios públicos útiles. Una ciudad que piense en las personas y no en fórmulas matemáticas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

COMPARTE

SUBIR