¿Tiene sentido alimentarse como un cavernícola?

Néstor Cenizo

Hace décadas, allá por los setenta, un gastroenterólogo de nombre Walter L. Voegtlin concluyó que los humanos de la Prehistoria se alimentaban muy bien. Para llegar a esa idea, Voegtlin hizo el siguiente razonamiento: el ser humano ha evolucionado desde hace 2,5 millones de años y solo en los últimos diez mil (anteayer, como quien dice) dejamos de ser recolectores y cazadores, desarrollamos la agricultura y la ganadería e introdujimos en nuestra dieta cereales y azúcares. Como durante casi toda nuestra existencia nos alimentamos como un cavernícola, nuestros genes estarían preparados para una alimentación prehistórica.

Desde entonces, otros han perfilado la idea. En un artículo publicado en 1985 en The New England Journal of Medicine, los antropólogos Boyd Eaton y Melvin Konner lanzaron la hipótesis de que los alimentos que consumimos desde hace más tiempo son más necesarios para regular nuestro estado de salud, mientras que los más recientes no los necesitamos y pueden incluso provocar una respuesta adversa. Enfermedades como la obesidad, la diabetes o las cardiovasculares se explicarían en parte por nuestros hábitos de nutrición. Sin embargo, un artículo reciente en The Quarterly Review of Biology defiende que el consumo de almidón y carbohidratos en grandes cantidades también jugó su papel en la evolución, facilitando el desarrollo cerebral al aportar glucosa en cantidad.

Pero vayamos a lo esencial: ¿en qué consiste la dieta paleo? Básicamente, en comer lo que suponemos que comería Pedro Picapiedra: frutas, verduras, raíces y tubérculos, aceites vegetales crudos, pescados, huevos y carnes magras de animales criados de la forma más natural posible. Y dejar fuera aquello que el desarrollo de la agricultura y la ganadería, primero, y de la industria alimentaria, después, ha generalizado en los últimos años. Esto es, carbohidratos y azúcares refinados, pero también legumbres, lácteos, carnes grasas y cereales.

Carlos Pérez es el autor de Paleovida y de Mis recetas paleovida (ambos en Ediciones B). Además, imparte cursos y es copropietario de un gimnasio llamado Paleotraining. Ha hecho de la dieta paleolítica un trabajo. Pérez escribió su primer libro hace ya seis años y ha observado el crecimiento de la ola paleo en paralelo a las tiradas de Paleovida, que va por la séptima edición. Proliferan los blogs sobre el tema, y jugadores de la NBA o futbolistas españoles como Ibai Gómez y Marcos Llorente se han apuntado a la dieta paleo.

Pérez cree que hay que “normalizar” y “bajar el tono”. Al fin y al cabo, la paleodieta no presenta tantas diferencias con la dieta mediterránea, según Pérez, que cree que el problema de la alimentación moderna radica en la preponderancia del cereal en las pirámides nutricionales provenientes de Estados Unidos, que ya está siendo revisada.

Para Pérez, todo esto tiene que ver con la biología evolutiva: adaptar nuestra alimentación, la hidratación, el sueño o los factores emocionales a unas pautas que encajen con nuestra evolución. Este concepto también está detrás del paleotraining: entrenamientos en salas con césped natural, descalzo, con troncos y piedras, y realizando movimientos funcionales. Menos pesas y más troncos. Hay una decena de estas salas repartidas por el país.

A priori, todo esto no parece una mala idea. El abuso de alimentos ultraprocesados y grasas saturadas está vinculado al incremento de enfermedades cardiovasculares, de modo que sacarlos de nuestra dieta puede ser beneficioso. El divulgador José Miguel Mulet concede que, para personas que consumen muchos alimentos procesados y sufren obesidad, la dieta paleo “no es de lo peor que hay” porque eliminará azúcares y contribuirá a rebajar el peso. Pero matiza: no es mala a corto plazo pero a la larga el cuerpo se adaptará al cambio metabólico, y basar la alimentación en las proteínas provocará problemas renales.

Mulet escribió hace un par de años este tuit: “La paleodieta viene a ser como una dieta Atkins o Dukan en taparrabos”. El divulgador niega que pueda hablarse de una “dieta paleolítica” porque la alimentación hace cientos de miles de años no era homogénea, sino que comían lo que podían. “El fallo es asumir que en el Paleolítico todo el mundo comía igual, porque cada tribu tenía una dieta en función de donde estuvieran. Se han encontrado poblaciones neandertales vegetarianas y otras caníbales”, asegura. Además, Mulet explica que la intolerancia a la lactosa de algunos grupos étnicos que tardaron en domesticar ganado contrasta con la tolerancia a lactosa de los europeos, ganaderos de cabras y vacas a lo largo de muchos siglos. Lo mismo ocurre con las algas y la adaptación de la flora intestinal de los japoneses a los azúcares complejos de este alimento. Esto demostraría que nuestro cuerpo sí se ha adaptado a lo que come.

Eliminar azúcares y procesados puede ser muy bueno para la mayoría, y la dieta paleo tampoco propone suprimir los carbohidratos, sino suprimir los refinados y los de alta carga glucémica y obtenerlos de frutas y verduras. Comer más verduras, carnes y pescados de calidad es bueno, pero no hay que olvidar que nuestros ancestros eran nómadas y quemaban las grasas y proteínas que ingerían. Por eso, a la pregunta “¿tiene sentido alimentarse como un cavernícola?” solo se puede responder: “Depende de quién lo haga”.

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