Trasplantados para los que hacer deporte es lo más normal

Néstor Cenizo

“Tres. Tres trasplantes. Y por eso he tenido cuatro corazones diferentes”, dice para empezar Juan Vicente del Álamo. Otra de las cosas que más llama la atención al hablar con él es su insistencia en presentarse como un deportista normal. Él, que a los 57 años va por su cuarto corazón, es capaz de jugar varios partidos diarios de tenis y pádel, individuales y dobles, en los Juegos Mundiales de Trasplantados. Como otros tantos que se citaron en el evento, celebrado en junio, su discurso tiene un punto de proselitismo: trata de explicar que, siguiendo las indicaciones de un médico, hacer deporte no solo no es malo para un trasplantado sino que es bueno. Él es una de las historias de éxito personal detrás de la estadística global: España sigue siendo líder mundial en pacientes trasplantados por millón de habitantes, según el último informe del Registro Mundial de Trasplantes.

 

Cuando hablamos con Juan Vicente del Álamo, con motivo de la celebración de los Juegos Mundiales en Málaga, conocimos varias historias como la suya. Personas que han pasado por operaciones delicadísimas, a las que les han trasplantado los dos pulmones o que tienen la médula de un hermano, y que ahí estaban, en la línea de salida, dispuestas a recorrer a la carrera distancias que a otros nos asustan o a montarse en una bici durante horas. Su actitud optimista es también didáctica: con el ejemplo enseñan a otros trasplantados, y a los que no lo son, que sí se puede. El lema de los Juegos era: “Puedes verme y pensar que soy una persona normal”.

“No hace falta ser un súper atleta: hay gente que compite y gente que participa”, explica Mateo Ruiz. Él ha pasado por tres trasplantes de médula y es deportista polifacético: dice que completa equipos de tenis de mesa y natación, pero que su verdadera especialidad son las pruebas de lanzamiento, ya sea de peso, disco o jabalina. Ruiz también  es el presidente de la Asociación Deporte y Trasplante España, que cuenta con 200 inscritos.

 

La asociación organizó los pasados juegos, y recogió el testigo de Mar de Plata (Argentina, 2015) y Durban (Sudáfrica, 2013). En 2019 será el turno de Newcastle (Reino Unido). Los juegos celebraban este año su XXI edición desde que se disputara la primera en Portsmouth (Reino Unido) en 1979. Hay también juegos europeos cada dos años y unos eventos nacionales que se celebran anualmente. Hasta los juegos de Kobe (Japón) de 2001, la participación de España en el evento se gestionaba con apoyo público. Entonces recogió el testigo la Asociación Nacional de Trasplantes y ahora, la Asociación Deporte y Trasplante, que organizó los juegos de Málaga para unos 1.700 atletas.

 

Los deportistas se pagan sus gastos, y escuchándolos da la sensación de que entienden que es una inversión necesaria. “Si mi factura asciende por encima de 1,5 millones por los tres trasplantes de médula, me lo han dado todo… Yo tengo un regalo de vida. Mi única obligación es devolver lo que he recibido”, se sincera Mateo Ruiz.

 

El objetivo de los juegos es transmitir ese agradecimiento y que su mensaje llegue a la sociedad. El de Esther Maté es este: “En mi caso el trasplante era la única solución que quedaba. Si no hubiese habido donante, yo hubiese muerto, no había otra opción”. Maté, ingeniera industrial y funcionaria de 43 años, ha corrido una maratón y se quita importancia. Dice que solo fue una, que suele correr medias, que no hace tiempos buenos… Todo será cierto. También lo es que tiene dos pulmones con los que no nació.

 

Antes de la operación, hace 20 años, no hacía deporte. Le gustaba caminar, pero se ahogaba mucho. Cuando la operaron de fibrosis quística en el Reina Sofía de Córdoba las posibilidades de que aquello saliera bien eran de un 50%. Dicho de otro modo: una de cada dos veces, el resultado era la muerte. Hoy corre medias maratones cuando los hijos se lo permiten, así que admite: “Bueno, sí, quizá no sea muy normal. Sí. La verdad es que es una barbaridad”.

 

Casos como este tienen un efecto contagio. Pablo Gálvez, abogado de 42 años, también sufría fibrosis quística, una enfermedad genética que provoca un deterioro progresivo del pulmón y sangrados muy aparatosos cada cierto tiempo. Cuenta que siempre le gustó el deporte, pero antes del trasplante se limitaba a entrenar a otros, por recomendación de los médicos. A Pablo el trasplante le fue bien y sin complicaciones, pero el periodo postoperatorio puede generar cierta ansiedad a quien lleva media vida esperando que su pulmón funcione sin problemas. No se sale de un trasplante a pleno rendimiento. “Esperas que de un día para otro vas a respirar de maravilla, y no es así, porque el cuerpo se tiene que acostumbrar”, explica Gálvez. En medio de esa incertidumbre, recibió la llamada de ánimo de Esther Maté, de quien ya le habían hablado.

 

atletismotransplantados

Luego hay casos como el de las hermanas gemelas Ana y María Rueda. En 2014, con ocho años, Ana salvó la vida a su hermana María, que sufría aplasia medular, una enfermedad que afecta al sistema inmune. Solo la médula de Ana era compatible con la de María. Casos, en fin, como el de Juan Vicente del Álamo, que acabó escribiendo un libro de título tan reivindicativo como sutilmente irónico: As de corazones. “Para darle fuerzas a la gente”, dice él, porque cuatro corazones no los tiene cualquiera. El primero que le transplantaron era demasiado grande pero le sirvió para jugar al fútbol durante sus primeros 30 años; el segundo le duró 13, pero se lo tuvieron que cambiar por un problema coronario; pensaba que este le aguantaría el resto de su vida, pero “caducó” nueve años después. En 2012 le pusieron su cuarto corazón. “Había que buscar uno que tuviera prácticamente mi DNI”, comenta.

Fue entonces cuando peor lo pasó este riojano. No quería un corazón artificial, sino uno “normal”. “Si no, déjeme morir”, le decía al médico. Con ese corazón “normal” compite ahora en deportes de raqueta. “He visto a muchos que por desgracia no han tenido ninguna oportunidad y yo he tenido tres”, dice.

 

La asociación defiende que hoy la ciencia médica recomienda a los trasplantados hacer deporte para optimizar el funcionamiento del órgano trasplantado, reducir los efectos secundarios de los inmunosupresores o prevenir problemas cardiovasculares. Las endorfinas que se liberan ayudan a reducir el estrés y la ansiedad y mejoran la autoestima. Hay deportes de contacto (fútbol, rugby, lucha) que se deben evitar por razones obvias, igual que resulta evidente que el deporte debe hacerse bajo supervisión de un médico.  A Pablo Gálvez, hacer deporte le sirve para comprobar que después del trasplante lleva una vida “absolutamente normal”. “Valoramos mucho la vida y tenemos una obligación moral, que es mimar el órgano que nos han donado”, concluye Mateo Ruiz.

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