Antropología invertida: así veían al hombre occidental los somoanos

Carlos Carabaña

Eran los años anteriores al estallido de la Gran Guerra, la Guerra que acabaría todas las Guerras, la Primera Guerra Mundial. Tuiavii de Tiavea, un jefe samoano, estaba en Inglaterra. Sorprendido por las costumbres de los papalagi, un vocablo que en samoano significa “hombre blanco”, cuando volvió a su tribu, el cacique dio una serie de once discursos en los que explicaba a sus súbditos las extrañas costumbres que vio y que fue durante años considerado un gran ejercicio de antropología invertida, en la que el sujeto que normalmente estudia, el hombre blanco anglosajón, se vuelve el objeto a analizar.

El libro fue publicado en Alemania en 1920 y recopilado por un artista alemán, Erich Scheurmann, que viajó a la isla de Samoa —entonces bajo dominio germano— para evitar justamente la Gran Guerra. Allí fue donde supuestamente conoció al jefe Tuiavii y sus discursos. Scheurmann pone diversos títulos a los once capítulos, al estilo de Cómo cubren los papalagi su carne; Canastas de piedra, islas de piedra, grietas y las cosas que hay en ellas; El metal redondo y el papel tosco o Los papalagi no tienen tiempo. Puede encontrarse online sin mucho esfuerzo.

Sirva como ejemplo un pequeño extracto del relativo al tiempo:

“Los Papalagi […] sienten pasión por algo que no podéis comprender, pero que a pesar de esto existe: el tiempo. Lo toman muy en serio y cuentan toda clase de tonterías sobre él. Aunque nunca habrá más tiempo entre el amanecer y el ocaso, esto no es suficiente para ellos […] culpan al Gran Espíritu por no darles más. Sí, difaman a Dios y a su gran sabiduría dividiendo cada nuevo día en un complejo patrón, cortándolo en piezas […] llevan una máquina pequeña, plana y redonda […] que les dice la hora. Cuando en una ciudad europea ha pasado cierta parte del tiempo, estalla un espantoso y clamoroso estrépito. Al sonar este ruido del tiempo, los Papalagi se lamentan: «¡Terrible, otra hora esfumada!». Y entonces, como una norma, ponen el rostro sombrío de alguien que tiene que vivir una gran tragedia. Asombroso, pues inmediatamente después empieza una nueva hora”.

El texto se puede leer como un análisis desde el tropo del “buen salvaje” del mundo del hombre blanco, de las costumbres y valores de la antinatural civilización occidental. La primera edición completa se publicó en Holanda en 1929. Luego se tradujo al inglés y se convirtió en un improbable best seller. La edición considerada definitiva lleva los dibujos del holandés Joost Swarte, un historietista increíble heredero de la línea clara del Tintín de Herge, y ha sido un volumen de cabecera para grupos como los hippies en los 70, los movimientos ecologistas o los antiglobalización.

Pese a la fina ironía y evidente capacidad descriptiva de los discursos, hay un elemento crucial: su autenticidad. Sin haber pruebas claras de la existencia de Tuiavii de Tiavea y sin que muchas ediciones lo pongan, todo apunta a que el auténtico autor es Scheurmann. Como la famosa carta del jefe indio Seattle, se usa su autenticidad para atacar su contenido. Pero pese a ser un hoax, un gran engaño antes de que esta palabra se pusiese de moda, sigue siendo una lectura deliciosa para poder conocerse a uno mismo.

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