¿Qué me pasa, doctor Google?

Alberto G. Palomo

Dolor de brazo. Reacción inmediata: consulta en Google. Al poner unas simples palabras de búsqueda, asaltan de súbito centenares de páginas con diagnósticos y remedios variados. Un malestar en una de las extremidades superiores puede deberse a decenas de causas: desde la hinchazón muscular hasta el infarto de miocardio. Si el médico de cabecera se sustituye por un compendio de blogs, foros o webs de profesionalidad no tan clara, las soluciones a los problemas de salud serán menos fiables y hasta perjudiciales.

A esta práctica se le ha llamado ‘cibercondria’. El nombre se lo pusieron Ryan White y Eric Horvitz, responsables del estudio de Microsoft sobre la búsqueda de enfermedades en el ciberespacio, allá por 2008. “La World Wide Web proporciona una fuente abundante de información médica. Esto puede ayudar a las personas que no son profesionales a comprender mejor la salud y la enfermedad, y proporcionarles explicaciones factibles sobre los síntomas. Sin embargo, la web tiene el potencial de aumentar la ansiedad de personas que tienen poca o ninguna capacitación médica, especialmente cuando la búsqueda se emplea como un procedimiento de diagnóstico”, avisaban. “Utilizamos el término ‘cibercondria’ para referirnos a las preocupaciones infundadas por una revisión de resultados en internet”.

Una década más tarde, las perspectivas no son mejores. Cuesta pensar en alguien que no consulte sus dolencias desde el salón de su casa. A veces llegando a la automedicación, al remedio casero sin base científica o a la recomendación por oídas. Lo que en principio parecía un avance -esa autopista ilimitada e infinita de información- se ha vuelto contraproducente en el terreno sanitario. Si ya en el ámbito periodístico se incluye el término ‘fake news’ para aquella información lanzada sin contrastar, fuera de contexto o directamente errónea, en la salud existen múltiples variables que complican los efectos de esta manía incorregible.

“Según la fuente de información, podemos encontrar datos reales o datos falsos. Es fundamental que, en caso de que un paciente busque información en internet, lo haga siguiendo las pautas establecidas por su doctor, sociedad científica o asociación de pacientes”, advierte el doctor Sergio Vañó, dermatólogo del Hospital Universitario Ramón y Cajal de Madrid y Presidente de la Asociación de Investigadores en E-Salud. “Puede que la forma de asesorarse de los pacientes no sea veraz e incluso aporte consejos mal dados”, insiste en cuanto a los posibles perjuicios.

Desde la web que coordina, Vañó pretende concienciar de algo que ocurre a todas horas: el diagnóstico a través de las redes. Hacen charlas, escriben sobre el tema y han creado la plataforma  #SaludSinBulos para denunciar noticias falsas. “Es muy habitual que los pacientes recurran a medios digitales para buscar información”, dice. Después, añade, es “relativamente común” que los pacientes acudan a la consultan presumiendo de conocimientos, incluso negando alguno de sus dictámenes. Muchos encabezan su exposición con un ‘he leído en internet que…’ y generan un clima de sospecha hacia el verdadero profesional.

¿Hasta qué punto? Vañó cuenta que ha habido pacientes que “han dejado de tomar algún tratamiento que le había prescrito el doctor por información falsa que han leído en foros de internet. “Incluso quienes han dejado su tratamiento para el cáncer”, lamenta. Es entonces cuando estos bulos o estas mentiras ‘viralizadas’ pueden ser realmente dañinos “y aprovecharse de la sensibilidad de la gente”, en palabras del doctor.

Investigadores de la Universidad de California, de hecho, estimaron que la mayoría de búsquedas de información en la red se debía a un cuadro de ansiedad del paciente y no en desconfianza hacia el médico. La hipocondría, esa costumbre de creer sufrir miles de síntomas (e incluso somatizarlos) es la reina de este universo: no hay más que empezar a pinchar enlaces para pasar de un simple dolor de brazo –por volver al ejemplo del principio- a la amenaza de un infarto, de un incipiente tumor o de un fallo orgánico grave que desencadena nuevos síntomas.

La explosión del autodiagnóstico, además, no hace diferencias. Da igual quién mire qué: ni el peso, ni la estatura, ni el sexo, ni la situación personal. Todo es genérico e impersonal, a bulto. Por eso han proliferado paralelamente páginas que advierten de este error. En algunas dictaminan qué preguntas hacerse antes de tirar del teclado. En otras, señalan que esta proliferación de datos no solo calma las enfermedades sino que incrementa la desazón. Desbordados los ciudadanos por este torrente de hospitales y especialistas a un clic, es difícil llevar a cabo ejercicios de pedagogía. “Internet está ahí”, zanja Sergio Vañó, “simplemente hay que educar a los pacientes en que si buscan información lo hagan en fuentes fiables”. Quizás es hora de que, en lugar de ‘banners’, por nuestra pantalla de Google se diga –como en los anuncios de televisión- aquello de “en caso de duda, consulte con su médico más cercano”. Muchos tendrán la receta preparada: no mire la web, usted tiene ‘cibercondria’.

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