Cómo ser un buen turista y no morir en el intento

Carlos Carabaña

El centro de Florencia es Patrimonio de la Humanidad, un museo al aire libre, y como tal millones y millones de personas acuden cada año a verlo y disfrutarlo. ¿El problema? Como lo sigan disfrutando tanto puede ser que las próximas generaciones se encuentren un estercolero, además de una población local que odiará a los turistas. Su alcalde desde 2014, Dario Nardella, quiere poner remedio a un problema que fastidia especialmente a los florentinos: que los visitantes, con su helado o su pizza callejera, se pongan a disfrutar un buen rato sentados frente a alguno de los míticos monumentos como la Basílica de la Santa Croce y las escaleras de su fachada principal.

¿Su solución? Encargar a operarios municipales que pasen varias veces al día para mojar la zona e impedir estas acampadas. La acción se repetiría en lugares como la Piazza del Duomo, la de Santa María Novella, la de Firenze… Así se haría un centro histórico más transitable para locales y visitantes. Pero no es este el único flanco que está atacando el alcalde. Una clave en todo esto es la educación de los turistas, algo que uno podría pensar que viene de casa pero que la experiencia demuestra que no siempre está presente. Con esta idea, la oficina de turismo de la ciudad ha creado la campaña #EnjoyRespectFirenze.

Esta consiste en consejos y prohibiciones. A un lado, lo que debes hacer: usar los lavabos y baños públicos, reciclar las botellas de agua, sentarse únicamente en los bancos y espacios creados para ese fin, tirar la basura a la papelera, respetar los monumentos y los lugares de culto, comprar local y legítimo. Al otro, los mismos conceptos pero en negativo: no tirar basura, no sentarse a comer en monumentos e iglesias, no meterse en las fuentes de agua y monumentos, no pintar las paredes de las iglesias, no ir sin camiseta, no comprar productos piratas.

Todo muy lógico. Si los visitantes finalmente logran cumplirlo, es probable que se pueda dejar de regar a manguerazos los monumentos históricos. Si no, puede que acabe pasando algo que perjudicará a los más pobres: que las ciudades y pueblos italianos limiten el número de turistas que pueden entrar al año y algunos turistas bien educados acaben pagando el pato de los más sucios.

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