Lugares que nunca visitarás

Alberto García

Crees imposible poner un pie en un terreno nuevo, inexplorado. Llegar a una playa y que la huella de las agencias no haya marcado el territorio. Que un chiringuito no ofrezca brebajes para animar al viajero ocioso. Que en un museo se contemple en paz la obra de arte soñada. Que el panorama desde tal montaña sea solo para ti. Que, en definitiva, volvamos a la ingenuidad del mundo y nos creamos exploradores. Es difícil: el turismo de masas ha llegado prácticamente a todo el globo. Da igual el océano o el país. Se cae el mito del buen salvaje o el de los autóctonos palpando a esos seres extraterrestres que aparecían con otro tono de piel.

Aún quedan rescoldos, no obstante. Lugares donde las pulseras de resort y la humanidad errante han querido hacer una excepción. Lo expone Alastair Bonnett en el libro Fuera del mapa, publicado en España por la editorial Blackie Books. Desde esos sitios que han desaparecido tal y como se conocieron –como Leningrado o el mar de Aral (en Uzbekistán, ahora transformado en el desierto más joven del mundo, el de Aralkun)– hasta las ciudades que han perdido a su población –como Pripiat (asentamiento junto a Chernóbil, en Ucrania) o Kangbashi, una urbe china que nunca recibió habitantes–, pasando por tierras de nadie fronterizas o lugares efímeros, realizados con fecha de caducidad. Un recorrido narrado de forma escueta, con una mezcla de ensayo y crónica, por 48 espacios que, de momento, no ocuparán el escaparate de una turoperadora.

De momento. Porque aunque el libro se llama Fuera del mapa. Un viaje extraordinario a lugares inexplorados y una pegatina que avisa de que “No es una guía de viajes”, es fácil que el ser humano consiga colonizar todo aquello que pueda servirle de diversión. Bonnett, en cualquier caso, es un firme defensor de la exploración, de la aventura. A pesar de que es una ardua empresa en un mundo de compañías low cost y franquicias clónicas. “Tenemos la necesidad de descubrir”, sostiene.

Ya arranca Bonnett en su prólogo con una declaración de intenciones y con una lectura histórica de su ámbito más cercano: “La fascinación que nos producen los lugares fuera de lo común es tan antigua como la geografía misma”, apunta este profesor de Geografía Social en la Universidad de Newcastle. En el prólogo ya cuenta cómo su amor por estos sitios excluidos de los anuncios turísticos empezó, precisamente, en Epping, la ciudad inglesa de unos 10.000 habitantes donde nació en 1964. Allí, cuenta, sentía cómo ese paisaje que cubría el trayecto entre Londres y este municipio residencial “debieron haber significado algo, pero se habían reducido a meros espacios de tránsito donde todo era temporal y todo el mundo estaba simplemente de paso”.


Eso le dio que pensar. Llegó a la sencilla conclusión de que nos hemos dedicado más a destruir que a construir. Y de que existe toda una bibliografía sobre esos sitios que han ido modificándose desde los inicios de la historia, incluida aquella tierra soñada por Tomás Moro en 1516 y bautizada como Utopía. “El lugar es un aspecto proteico y fundamental de la condición humana. Somos una especie que construye lugares y los ama”, expone antes de destacar que también hay algo que une al ser humano: la necesidad de escapar. Así insistía el autor en la idea en una entrevista del diario El País: “La idea de exploración está profundamente enraizada en el ser humano y es inaceptable pensar que no quede nada por descubrir. Lo que hay que buscar son vías para reinventar la exploración geográfica. Mirar lo normal. Las calles normales y corrientes, los sitios donde vivimos, están llenos de secretos”.

 

Recurre además a Melville para dar paso a su listado: en Moby Dick, el autor norteamericano escribe de una provincia que “no figura en ningún mapa; es lo que siempre pasa con los lugares de verdad”. Y coge este testigo para presentar ese “simple fragmento de un mundo lleno de lugares extraordinarios”, como apunta en el epílogo. Ya sabéis: un principado como el de Sealand, una torre a 10 kilómetros de la costa inglesa considerada “territorio independiente”; una comuna jipi como Abundancia, en plena Siberia; o el funesto Vórtice de Basura del Pacífico, donde se ha formado una isla de plásticos que nada tiene que ver como esos paraísos flotantes de Maldivas donde se paga un dineral por dormir (y que también salen en el libro). Casi 50 rarezas del mapamundi actual.


“Los sitios rebeldes tienen el poder de trastocar nuestras expectativas y devolver su magia a la geografía”, zanja Bonnett; “nos obligan a darnos cuenta de que las motivaciones humanas básicas –como son la necesidad de libertad evasión y creatividad– están ligadas a estos lugares”. ¿Son estos que propone los verdaderos lugares auténticos? ¿Aquellos sitios que permanecen en un mundo espoleado, libres de bares con combinados y sombrillas? Esto respondía en el artículo citado: “Los lugares auténticos son aquellos en los que se palpan vidas e historias humanas que no son visibles. Los sitios cuentan historias, bonitas o feas. No hay una ciencia al respecto, es una cuestión de sensaciones. Los humanos enseguida sentimos si un sitio es auténtico. La idea del libro es que cada uno encuentre sus propios sitios”.

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