¿Podemos vivir en la naturaleza?

Alberto García

Nadie niega la opción de tener móvil. O internet. O hasta una televisión de plasma como la pared de ancha con suscripciones a cuatro plataformas. Simplemente lanzamos un interrogante: ¿Podríamos vivir en la naturaleza, en algo más de comunión con lo que nos rodea que en la jungla de asfalto, incluso con las tecnologías actuales?

Muchos querrían. Lo anhelan cada vez que viajan en metro a hora punta. Pero pocos dan el paso. Los llamados ‘neorrurales’, paisanos expulsados de la ciudad hacia una vida más sencilla, llevan algunos años apareciendo en reportajes como una nueva especie. Huyen de los constantes estímulos que envuelven a un urbanita medio y encuentran el silencio. También los retos de un entorno desconocido y una existencia por construir.

Algunos lo consiguen. Sacan a relucir la tranquilidad, el aprendizaje de nuevas tareas impensables en el pasado o la rutina más fiel al silbido de los pájaros. Otros no. La figura del disidente urbano, sin embargo, cada vez es más visible. En retiros de montaña o en los escaparates de las librerías más concurridas.

Hace justo 200 años que nació el escritor estadounidense Henry David Thoreau. Este naturista y defensor de la desobediencia civil firmó la hasta hoy biblia de ‘el buen salvaje’. Con Walden retrató ese ideal y dejó un legado de seguidores. Decía: “La mayoría de los hombres están tan preocupados por los cuidados fácticos y las tareas rudas pero superfluas de la vida que no puede recoger sus mejores frutos. En realidad, el hombre trabajador y esforzado carece de tiempo libre para desarrollar una vida cotidiana íntegra y propia, ni siquiera puede mantener las relaciones más viriles con otros hombres, pues su trabajo se depreciaría en el mercado. No tiene tiempo de ser otra cosa que una máquina”.

Esos seres mecanizados en que nos hemos convertido buscan de vez en cuando una vía de escape. Lo hacía el fundador de esta corriente (con permiso de todos los ascetas a lo largo de la historia) y lo han seguido haciendo algunos de sus discípulos. La estadounidense Sue Hubbell hizo lo propio. Huyó a las montañas de Misuri y se dedicó a la apicultura. En su ensayo Un año en los bosques, que ha publicado recientemente en castellano la editorial Errata Naturae, cuenta cómo decidió dejar su puesto de bibliotecaria y sentir ese día a día de desafíos circunstanciales.

“Realmente no dejé todo”, aclaraba en una entrevista, “sino que me llevé un conjunto de competencias y habilidades para confiar en mí misma y amar el lugar. Aunque supongo que abandonar un puesto de trabajo y demás me hace entrar, de cierta forma, en la categoría de persona arriesgada”.

Su paso por la naturaleza le enseñó a “observar cómo sobrevivían los animales en cada momento y a afilar mi comprensión del medio”, pero sobre todo le hizo gozar de grandes momentos de felicidad que detalla en el libro por medio de descripciones del paisaje o anécdotas cotidianas. “El mayor problema no es deshacerse de los últimos dispositivos, sino ver cómo muchos seres humanos aún muestran intolerancia hacia el otro; son violentos, crueles y tratan de dañar a los de alrededor”, apuntaba.

Casi todas las referencias al tema conducen a Walden, de 1854. Y, claro, la comparación es dura. Ahora, cualquier huída de la civilización vendría acompañada de un cálculo de gastos de nuestra cuota para conectarnos a internet, no vaya a ser que nos quedemos sin ver el último vídeo viral. El clásico de la evasión, sin embargo, daba la espalda a esas minucias (aunque detalla cada factura en su primer capítulo) y sentenciaba órdenes como la siguiente, empujando a ese escape sin remilgos: “Quien avance confiado en la dirección de sus sueños y acometa la vida tal y como la ha imaginado recibirá a cambio una gratificación que no le otorgará el tiempo ordinario”.

Annie Dillard, otra de sus herederas, exponía su experiencia en Una temporada en Tinker Creek, ganador del premio Pulitzer de ensayo en 1975 (y también publicado en castellano por Errata Naturae). Sus páginas son una exploración del medio ambiente que da más cancha al empirismo que a la cavilación. Y un enfrentamiento a esa figura tan norteamericana del hombre fronterizo, rifle en ristre, que camina y sobrevive solo ante un mundo exterior. Lo escribió a los 28 años y ya decía cosas así: “Mi objetivo no es tanto el de aprenderme los nombres de los jirones de creación que prosperan en este valle como el de estar abierta a sus significados, es decir, tratar de que su verdadera realidad influya en mí todo lo posible y en todo momento”.

“La oscuridad horroriza y la luz deslumbra; los fragmentos de luz visible que no me dañan los ojos, me dañan el cerebro. Lo que veo hace que me tambalee. El tamaño, la distancia y el aumento repentino de significados me confunden, me desconciertan”, añadía en otro de sus párrafos dedicados a la contemplación de serpientes o mantis religiosas.

Esta reflexión nos sigue enseñando, cuatro décadas después, que la relación con la naturaleza es fundamental para que los seres humanos tengamos una visión amplia y compleja de nuestra propia naturaleza, de quiénes somos. “El alejamiento de la naturaleza nos condena a una forma de ignorancia”, justifica Rubén Hernández, el responsable de esta edición española.

No sabemos si es o no una muestra de ignorancia. Dos de estos ‘neorrurales’ que prefieren no dar su nombre aseguran que el paso les ha mostrado otras realidades. Ahora, por ejemplo, tienen otras tareas, como limpiar la broza del patio para salir o calentar agua en un hornillo para prepararse el café. Siguen con móviles, con mensajes de emojis y con posibilidad de ver la última serie de moda. Pero dieron el paso, como Thoreau, y se hicieron un poco más salvajes. Aún no han escrito sus diarios, pero seguro que coincidirían con lo que decía su maestro: “A las cinco y media oigo el intenso cacareo de los gallos jóvenes (…) Indica una naturaleza imperiosa. Comienza un día bello, nacido de la niebla”. ¿Te atreverías tú?

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