Piensa antes de hincar el diente

Alberto García

¿Has pensado alguna vez en qué estás comiendo realmente? Es probable que, con la cantidad de noticias que salen a diario, sí. Quizás te has fijado más a la hora de elegir un aceite que otro o de conocer la procedencia de la carne que compras. Pero, ¿realmente miras el efecto global que tienen esos alimentos? Esa es la cuestión que ha querido responder Élise Desaulniers en su libro Comer con cabeza. Cómo alimentarse de manera sana, sostenible y respetando el bienestar animal (Errata Naturae), donde elabora una especie de manual para saber más o menos en qué fijarnos cada vez que hinquemos el diente.

Su escritura empezó casi como un juego. Desaulniers se interesó por lo que comía y decidió dejar de lado la carne una temporada. Por probar. Al final, esta opción la llevó a escrutar los embalajes de cada producto del supermercado, a cuestionarse su dieta, a ponerse en el lugar del otro y a terminar plasmando su experiencia. Primero en un blog personal, luego en medios como The Huffington Post y, por fin, en un libro. En él desgrana los principales interrogantes que sobrevuelan el acto de alimentarse.

Por ejemplo: ¿Te paras a pensar alguna vez si el filete que engulles puede ser cómplice del fin de los polos? ¿Sabemos de verdad por qué sabe a queso algo que no lleva queso entre sus ingredientes? ¿Tiene relación la ética con el estómago? Sin ser ni nutricionista ni médica ni filósofa, según avisa, Desaulniers apunta que “todas nuestras acciones pueden tener consecuencias sobre otros seres humanos, sobre los animales o sobre el planeta y, por tanto, todas nuestras acciones se hallan relacionadas con la moral”. De ahí que haya puesto en el foco el acto de comer: “Cuando hablamos de alimentos, las preocupaciones más comunes son si estos resultan perjudiciales para el planeta, si se obtienen mediante malas prácticas laborales, si provocan la escasez de alimentos para otros o cómo es el tratamiento y el sacrificio de los animales. La forma más sencilla de responder a cómo podemos ser éticos con la comida podría ser: reduciendo al mínimo el daño que causan nuestras opciones alimentarias”.

Vayamos al grano. Sin creer que tengamos que regresar a la agricultura familiar, la autora canadiense piensa que deberíamos reducir nuestro consumo de carne. “Ahora, las tierras agrícolas que se utilizan para la producción animal ocupan un 70% del total cultivado. Pronto habrá 10.000 millones de bocas humanas que alimentar, ¿no? Pues cada acre (4.047 metros cuadrados) de tierra sembrada tendrá que dar de comer a 5,6 personas en 2020, mientras que en 1960 estaba alimentando a 2,3 personas. Parece que el futuro de la agricultura actual solo es alimentar a los animales que vamos a comer”, justifica.

Ingerir carne, apunta, no tiene “ningún motivo racional”, salvo para casos en los que es su única fuente de proteínas. ¿Y el pescado, contaminado en el caso del océano o atiborrado a antibióticos en el de las piscifactorías? Así responde: “Los peces son seres vivos y la pesca pone en peligro la biodiversidad en los océanos. Las piscifactorías, por su parte, también son una fuente importante de contaminación del mar. Muchos expertos están de acuerdo en que debemos reducir nuestro consumo de pescado teniendo acceso a proteínas y Omega 3 en productos de origen vegetal”.

Uno de los apartados en los que hace más hincapié trata sobre el etiquetado de los alimentos. Regidos por leyes propias de cada país, la elaboración de un código internacional evitaría fraudes o permisos arbitrarios. “Se ha experimentado algún progreso”, apunta Desaulniers, “y la creciente demanda de alimentos orgánicos y locales entre las clases medias podría ser una buena señal”. “Sin embargo, las grandes empresas no tienen ningún interés en ser más transparentes y eso tampoco parece ser una prioridad para los gobiernos. Pasa lo mismo con todos los bienes manufacturados. No veo cómo podemos lograr una total transparencia sin necesidad de desmontar todo el sistema”, concluye.

También habla de la modificación genética de la comida: “se tiende a mezclar muchos temas en este debate. Podemos estar en desacuerdo con lo que Monsanto está haciendo y aun así creer que los transgénicos son una manera de salvar vidas y aumentar la producción de alimentos con una perspectiva ecológica. Debemos analizar las opciones de manera racional”. Ella apoya políticas que luchen contra el desperdicio de comida. Esta ganadora del Quebec Grand Prize for Independent Journalism insiste en que la batalla inicial debe ser contra las emisiones de dióxido de carbono: “Para producir un kilo de carne de vacuno, generamos de media 27 kilos de CO2, mientras que uno de lentejas solo produce 0,9”, señala. Además, subraya que a veces intentamos comer productos locales cuando, en realidad, el transporte solo representa el 10% de la huella ecológica de esa comida.

“La gente está cada vez más y más concienciada”, concede. “Cuando empecé a trabajar en este tema, hace siete u ocho años, era más complicado encontrar alternativas a la carne y los productos lácteos. Y yo era la única vegetariana en la oficina. Ahora hay buena comida vegetariana en todas partes a donde viajo y las personas que criticaban mis opciones me piden recetas vegetarianas. Muchos gobiernos también empiezan a tener en cuenta el impacto ambiental en sus recomendaciones nutricionales. En países como Francia, donde la carne es sagrada, sólo el 4% de la población quería ser vegetariana hace unos años. Cifras recientes muestran que el 10% de la población está pensando en adoptar una dieta basada en vegetales. En definitiva: el mundo está cambiando rápidamente. También gracias a los críticos gastronómicos y a los documentales sobre el tema”. Y tú, ¿te fijas en lo que pones en tu plato?

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