Por qué las algas no son tan saludables como parecen y debería limitar su consumo

Regina Navarro

Hace tiempo que ha descubierto que le gusta la cocina japonesa. Empezó con el sushi y después de descubrir que el pescado crudo, lejos de producirle arcadas, estaba condenadamente bueno, decidió probar otros platos de la gastronomía del país. Con ciertas reticencias se fue introduciendo en el mundo de las algas y el caso es que se ha convertido en un experto. Empezó a recorrer supermercados en busca de algunas de las variedades más comunes, o al menos las que más le gustaron, y desde entonces en wakame, el kombu o el alga nori se han convertido en un ingrediente más de sus ensaladas, ganando terreno a la lechuga. Lo cierto es que estos productos, de apariencia saludable, color saludable y textura saludable, lo son, pero solo en pequeñas proporciones. La Fundación Española de la Nutrición lo ha considerado un producto equilibrado y con poco aporte calórico, pero la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria ha planteado en varias ocasiones que las algas marinas pueden presentar algunos riesgos para la salud. Al menos para la de los europeos.

Los investigadores Elena Ibáñez y Miguel Herrero han descrito en su libro Las algas que comemos que este tipo de productos contienen grandes cantidades de yodo, llegando a afirmar que un solo gramo de cualquiera de los tres tipos de algas citadas anteriormente en  superaría la cantidad diaria recomendada para una persona. El exceso de esta sustancia en nuestro organismo es capaz de provocar algunos problemas relacionados con el tiroides. El más común es un cuadro de tiroiditis –una inflamación de la glándula endocrina que regula el metabolismo– que suele ser reversible. Pero el exceso de yodo también puede confundir al sistema inmune, produciendo enfermedades autoinmunes que atacan a la glándula tiroidea y que, al contrario que en el caso anterior, no son reversibles. Además, otras variedades presentan cantidades elevadas de arsénico. “El arsénico es un tóxico presente, por contaminación o de forma natural, en algunos mares y lagos. Algunas algas lo acumulan en un orgánulo, un lugar en el interior de la célula donde se almacenan desechos”, explicaba el bioquímico José Miguel Mulet en declaraciones a El País.

Si después de leer estas aseveraciones se pregunta por qué las algas son un producto clave de la dieta de los japoneses y a ellos no les afectan de manera negativa, sepa que su sistema digestivo está preparado para eliminar, de forma natural, los excesos de yodo de estos productos. Las consecuencias del consumo de algas en ellos estarían, por tanto, muy alejadas de las que podemos sufrir los occidentales al integrar en nuestra dieta un producto para el que, por cuestión evolutiva, no estamos preparados.

Esto no significa que sea necesario huir del consumo de algas y no volver a probar ninguna delicia japonesa en lo que nos queda de vida, ni mucho menos, solo que debemos tener cuidado con la cantidad ingerida y la especie seleccionada. No existen estudios específicos que avalen la cantidad de algas que podemos introducir en nuestro organismo sin dañarlo, por eso los expertos recomiendan que el consumo sea “muy puntual y limitado a ocasiones especiales”. Vaya, que mejor no haga ensaladas con estos productos como base y los reserve para cuando tenga deseos de saborear cocina oriental.

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