Vivir sin residuos

Alberto García

Se alardea a menudo de intentar llevar una vida simple. De ahorrar en superficialidades o de aprovechar hasta el último tupper. “En mi casa no se tira nada” pasa por ser una de las sentencias más habituales en cualquier charla casual. Sin embargo, quien más, quien menos rellena cada pocos días bolsas con vidrio, plástico, cartón o metal. Es complicado librarse de los envases del súper, de las múltiples fundas de cada producto o de la inconsciente manía de acumular por vicio. Contra esta tendencia del derroche de recursos se ha alzado Bea Johnson, una mujer francesa que ahora reside en Mill Valley, California. Bajo el nombre de ‘Zero Waste Home’ (casa sin residuos), ella y su familia han decidido dejar de generar basura.

Empezaron en 2008. Cansados de comprobar cómo una unidad doméstica media como la suya producía una enorme cantidad de desperdicios (incluso siendo más o menos cuidadosos), se marcaron un reto: conseguir que al final de cada año todo lo que tuvieran que tirar cupiera en un tarro. Entendieron que “aunque les daba cierta felicidad” el tipo de vida consumista de Estados Unidos, acarreaba un gran cargo de conciencia. Una mudanza dio el puntapié definitivo. El marido de Bea Johnson dejó el trabajo en San Francisco. Entonces decidieron salir del bullicio de la ciudad y encontraron una vivienda rural a unos seis kilómetros.

Mientras tanto, habían tenido que dejar los muebles y demás utensilios en un trastero. Al comprobar cómo podían llevar una rutina normal sin aquel mobiliario, decidieron apostar por un estilo mucho más sostenible. ¿Cómo lo lograron? Lo primero fue librarse de lo que les sobraba. Luego dejaron de adquirir alimentos enlatados u otros con un cubrimiento no orgánico. Johnson y su marido comenzaron a llevar sus propios envases reutilizables a la tienda estimada. En la carnicería, en la pescadería o en la frutería pedían que le pusieran la compra en envases propios: botes de vidrio o sacos de tela. Hasta ahora.

“Compramos todo a granel. Y nuestras compras se limitan a lo justo y necesario”, explica Johnson por correo electrónico. El jabón de manos lo consiguen al peso, sin envolver. Las toallitas o Kleenex han pasado a ser pañuelos o toallas de tela. Sus cosméticos son hechos a mano (para los labios, por ejemplo, usa una cera de abejas; para los coloretes, un polvo de cacao. Solo compra crema de protección solar). Y su armario se ha quedado en seis pares de zapatos, dos vestidos, dos faldas, dos pantalones largos, un pantalón corto, tres jerséis, siete camisetas y ropa interior. “Suelo renovar algunas prendas un par de veces al año, siempre de segunda mano”, afirma.

Los datos les alarmaban: al año —tomando estadísticas de la revista Smithsonian y la organización Seaturtles— se emplean 100 millones de barriles de petróleo en el mundo para fabricar bolsas de plástico, que se usan a un ritmo de millón por minuto. Además, ya hay zonas marinas con tres kilogramos de plástico por cada medio de plancton. Eso les llevó a seguir una serie de máximas: rechazar, reducir, reutilizar, reciclar, reincorporar.

Vayamos por partes: rechazar significa, por ejemplo, deshacerse del correo basura que llega a tu buzón o rechazar productos gratuitos que no necesitas. “Piensa dos veces si de verdad necesitas ese producto gratuito”, arguye. Reducir es hacer limpieza de todo aquello que no se utiliza y solo ocupa espacio. Reutilizar es abogar por materiales reutilizables —como los botes y botellas citados—. Nada de tetrabricks de leche o bolsas de congelados. Reciclar consiste en elegir el cristal, el metal o el cartón antes que el plástico, uno de los materiales más contaminantes del planeta. Y reincorporar es convertir lo orgánico en abono. Utilizar tus desechos de compostaje para plantas o jardín.

“La gente se cree que me paso el día pendiente de esto, pero en realidad soy alguien que trabaja a jornada completa y lleva una agenda muy cargada. Esto lo que ha hecho es que repiense mi vida y me preocupe por el medio ambiente”, cuenta Johnson. Además, añade, proponerse la eliminación de residuos ha afectado a la familia en otros aspectos vitales: comen mucho mejor, ya que tienen que cocinarse productos frescos; ahorran hasta un 40% en comparación con el usual gasto previo; producen algunas frutas y verduras, luego dan sentido al pedazo de tierra que tienen; y, por fin, crean un sentimiento más fuerte de comunidad con sus vecinos, al establecer una conversación cada vez que pasan por un comercio de proximidad. “Ellos aprenden de ti y tú de ellos”, señala.

Tal estilo de vida ha trascendido el ámbito privado. Bea Johnson montó una página web y un blog con sus experiencias y empezó a ser una referencia en sostenibilidad. Pronto la llamaron para consultarle dudas o pedirle consejo. Y de ahí pasó a dar conferencias, a escribir una guía llamada con el nombre del proyecto —el libro Zero Waste Home, que ya ha sido traducido a más de 20 idiomas—, a ganar uno de los grandes premios de ecología (el Green Awards a mejores innovaciones, en 2011) y a que The New York Times la llamara “la sacerdotisa de la vida sin residuos”.

“Hoy soy una experta en estilo de vida ‘desperdicio cero’. Incluso una ‘gurú’ para algunas personas”, se describe Johnson, que incluso ha creado una aplicación, Bulk Finder, donde localizar aquellos establecimientos con productos sin envase. “Mi vocación es destruir los conceptos erróneos asociados al estilo de vida ‘Zero Waste’ para demostrar que la vida libre de desechos no solo puede ser ‘elegante’ sino que también puede generar importantes beneficios para la salud, aparte de ahorrar tiempo y dinero”, concluye Johnson.

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